Homilía: Solemnidad de Santa Rosa de Lima


Rosa de Lima, Guía de Santidad

P. José Ramón Martínez Galdeano, S.J.

Lecturas: Eco 3,16-24; S. 15; Flp 3,8-14; Mt 13,31-35




Los santos son las personas que han realizado el ideal del Evangelio en los tiempos y en las circunstancias que les tocó vivir. Las razones que han movido a la Iglesia a venerarlos –lo cual ha hecho desde sus comienzos– han sido éstas: una es presentarnos personas, hombres y mujeres como nosotros, que han vivido en esta tierra, que no han sido ángeles ni han tenido cualidades y posibilidades casi sobrehumanas, sino personas cualesquiera, que han ocupado en el mundo y en la Iglesia los puestos más diversos, altos y bajos, sabios e ignorantes, fuertes y enfermizos, de mucha y poca cultura, niños, jóvenes y viejos, entre los cuales podemos encontrar personas como nosotros y aun inferiores en dotes y humanas, que han alcanzado la santidad, es decir las más altas cotas de virtudes y de parecido con Jesucristo. Hablando con rigor teológico, a los santos la Iglesia los canoniza –y esto es lo que significa la palabra “canonizar” – haciéndoles norma y regla de aplicación del Evangelio en el mundo que vivieron. Son ejemplo y estímulo para todos nosotros: Si ellos llegaron, también nosotros lo podemos.

En segundo lugar la Iglesia nos los propone también como intercesores. Estando ya en la presencia del Señor, a los que fueron sus “buenos” servidores Dios los escucha con especial complacencia y tiene a gala mostrar el mérito, que tuvieron en su vida mortal, otorgando gracias y favores a los fieles que piden su mediación. Pienso que esta razón tiene menos importancia que la anterior, pero está en unión con ella. Al concedernos hasta milagros por medio de los santos, Dios muestra que realizaron el ideal del Evangelio, nos anima a ello y demuestra a todo el que quiera honestamente mirar los hechos que Él ha estado y está presente en el mundo de una manera particularmente activa por medio de los santos.

Voy a seguir los textos de la lectura de la liturgia de la misa para aplicarlos de alguna manera al itinerario de Santa Rosa y nos estimulen a nosotros a mantener y aun forzar nuestra marcha hacia santidad. En el caso de Santa Rosa tuvo comienzo muy temprano. Se verificó palpablemente en ella la predilección de Jesús por los niños. A los cinco años de edad, hace el voto de virginidad perpetua, entregándose a Jesús libre, consciente y responsablemente. Ya a esa edad tuvo la inmensa gracia del encuentro vivo con Jesús. “El Señor es el lote de mi heredad. Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”. Padres y madres, educadores de los pequeños, tengan en cuenta el caso de Santa Rosa. Son muchos los niños, hijos de familias cristianas que son objeto de gracias importantes; porque los niños son los predilectos del Señor. De modo análogo al caso de la Virgen María que fue liberada del pecado ya en su concepción y además fue entonces llena de la gracia de Dios, también vuestros hijos en el bautismo no sólo han sido liberados del pecado, sino que además han recibido la vida de Jesús resucitado –es decir la gracia santificante– y tal vez la sigan recibiendo luego con abundancia. Es un error que los padres cristianos retrasen la formación en la piedad y en la fe hasta los ocho o diez años. Deben estar atentos a lo que ocurre en sus hijos en el orden de la fe.

El camino de la santidad no puede ser otro que el camino de la cruz. Por no comprenderlo son pocos los que la alcanzan. Simplemente se entretienen con rezos, obras piadosas y ayudas caritativas; pero no hacen de la cruz su profesión; y sin la cruz no hay santidad. Si en algo hay que imitar a Cristo, hay que hacerlo lo primero en la cruz. Santa Rosa lo comprendió perfectamente. Era físicamente hermosa, pero incluso llegó a afearse el rostro en una ocasión en que lo oyó y las mortificaciones para incurrir en soberbia fueron a veces crueles; como cuando su mamá le colocó como adorno una especie de corona, cuyas púas se apretó tanto en la cabeza para que le dolieran que luego no se pudieron quitar sino con gran dolor.

Se propuso seguir como modelo a Santa Catalina de Siena; los ejemplos de los santos son muy buenos para la santidad. Pero sobre todo el Espíritu le fue enseñando el camino. Así comprendió pronto la necesidad de la humildad. Y se dio cuenta de que la obediencia es el primer ejercicio de la humildad: obediencia a sus padres y obediencia a la Iglesia, representada en sus confesores.

“Cuanto más grande seas –hemos escuchado en la lectura del Eclesiástico– más debes humillarte y ante Dios hallarás gracia. Pues grande es el poderío del Señor y por los humildes es glorificado. Más de lo que alcanza la inteligencia humana se te ha mostrado ya. Que a muchos descaminó su presunción; una falsa ilusión extravió sus pensamientos”.

Y como “el Señor a los humildes da su gracia”, Santa Rosa fue agraciada con una oración extraordinaria y grandes favores divinos. La oración y el ejercicio de la caridad son lugares comunes en todos los santos. La oración es el encuentro íntimo con Jesús, es la experiencia de su amor, es el alimento de la caridad. En la oración se experimenta el amor de Dios y se le responde con amor. En la oración la fe se ejercita y aguza para ver en el prójimo a Dios. En la oración se cambian los valores y se apropian los de Dios. Gracias a la oración se puede llegar a realizar, como en Santa Rosa, lo escuchado en la carta a los Filipenses: “Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía –la de la ley– sino con la que viene de la fe”.

Rosa vivió la mayor parte de su tiempo encerrada en su casa. Sin embargo el testimonio de su virtud se conoció por toda Lima. A su muerte los fieles acudieron en masa a venerarla. Dios hizo realidad en ella –y lo sigue haciendo –las parábolas de la mostaza y la levadura y cumple la palabra de Jesús: “Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo”.

Pidamos a Santa Rosa lo que creamos necesitar para servir mejor a Dios y sobre todo la generosidad para seguir sus pasos y adquirir las virtudes que necesitamos en nuestro esfuerzo por la santidad.


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