Un día en la vida apostólica de Jesús



P. Adolfo Franco, S.J.

TIEMPO ORDINARIO
DOMINGO V

Mc 1, 29-39

Cuando salió de la sinagoga, se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y le hablaron de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre desapareció, y ella se puso a servirles.
Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron a todos los que se encontraban mal y a los endemoniados. La población entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Pero no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían.
De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario; y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca. Al encontrarlo, le dijeron: «Todos te buscan.» Él replicó:
«Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para predicar también allí; pues para eso he salido.»
Así que se puso a recorrer toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los
demonios.
Palabra de Dios.


Jesús con las innumerables curaciones que realiza, nos muestra la inacabable misericordia de Dios.

Jesucristo comienza a actuar. Tendrá un tiempo muy breve de actuación pública: tres años. En esos tres años tiene una gran actividad, muy intensa y variada. Marcos nos narra el trabajo de un día de la vida apostólica de Jesús. Y en ese día pone como una síntesis de toda la variedad de actividades de Jesús, que después desarrollará en todo su Evangelio: predicación, curaciones, oración, peregrinaje.

Reflexionemos en la importancia que tienen las curaciones de enfermedades en el actuar de Jesús. Es tan importante esta parte de la actividad del Señor que era inclusive una de las señales fundamentales de la venida del Mesías; y así cuando Juan Bautista envía algunos discípulos a Jesús para que averigüen si es el Mesías, Jesús mismo les dará como señal: los cojos andan, los ciegos ven (o sea los enfermos son curados).

Así que las curaciones de enfermos fue una actividad muy importante del Mesías. Manifiestan, entre otras cosas, la bondad del Señor. Pero cuando los enfermos no son curados ¿es que entonces está lejos el Mesías? Y es necesario plantearnos esta cuestión, pues tenemos la tentación de pensar que cuando hay una enfermedad y no se cura, a pesar de nuestras oraciones, es que Dios se nos fue lejos. Y otras veces pensamos que si una persona tiene una grave enfermedad, es que esa persona ha cometido algo malo y por eso es castigado. Cuántas veces se piensa así. Ya en el Evangelio Cristo mismo tuvo que responder a sus propios apóstoles, cuando se le presentó un ciego de nacimiento y le preguntaron ¿quién pecó éste o sus padres, para que naciera ciego? Y Jesús claramente responderá que ni pecó el ciego ni sus padres; sino que esto servirá para que Dios se manifieste.

La verdad es que las curaciones en el Evangelio tienen mucha importancia para manifestar la bondad y el poder de Dios. Pero muchísimos enfermos no fueron curados entonces, ni lo son ahora. Y nosotros pedimos y pedimos curaciones de enfermedades, y muchas veces parece que Dios no hace caso; simplemente pasan los días y no hay curación. ¿Qué es esto?

Hay un planteamiento equivocado con respecto a la enfermedad; simplemente la catalogamos como mal: es mejor estar sano que estar enfermo; esta afirmación parece obvia. Y sin embargo, no lo es tanto. Analicemos esto.

La enfermedad primero es un asunto intrínsecamente humano; de alguna forma se puede decir que constituye parte del plan de Dios sobre nuestra vida en la tierra. Es tan precario y milagroso el equilibrio de los diversos componentes corporales, que basta que un pequeño agente externo intervenga y el equilibrio se descompone. Basta que haya un poco más de alguna sustancia o un poco menos de otra y nuestro organismo se desmorona.

La enfermedad no es un castigo de Dios, sino la expresión de la fragilidad del ser humano.

Además muchas veces de una enfermedad resulta un extraordinario beneficio espiritual del que carecía el sujeto cuando estaba sano. Aunque tampoco hay que sacar la conclusión de que nos hace falta la enfermedad para ser buenos. Pero no hay duda de que la enfermedad es un período en el que muchísimos se sienten más cerca de Dios. ¿Podríamos calificar en este caso la enfermedad como una gracia de Dios? Muchas veces es un camino por el que Dios se hace presente a una persona.

La enfermedad, como etapa del ser humano, nos desafía a nuestro orgullo, a nuestra tentación de todopoderosos. Ayuda a muchos a ser más reflexivos, especialmente los que siempre andan aturdidos por la distracción y por una vida superficial. Nos ayuda a todos a sentirnos necesitados y Dios tiene especial cuidado de los que claman a El en su necesidad.

De hecho Dios se hace presente en la enfermedad, para el que está atento. Y cuando esa enfermedad es grave, quiere hacerse compañero del enfermo mediante uno de los sacramentos, el de la Unción de los Enfermos, al cual le ha dado una extraordinaria capacidad curativa del espíritu. Y es que el Señor, quiere así decirnos que El está presente siempre en nuestra vida; y especialmente en la enfermedad, quiere decirnos que nunca nos abandona y más aún cuando sentimos la debilidad de nuestro frágil ser humano.

La enfermedad en conclusión, no es una situación tan negativa: puede ser una presencia privilegiada de Dios en nuestras vidas.




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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.
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