El sueño de San José



P. Adolfo Franco, S.J.

ADVIENTO
Cuarto Domingo

Mateo 1, 18-24

Con el sufrimiento, que causan las dudas de San José, se preparan María y José para la gran alegría del nacimiento de Jesús.


San Mateo nos narra de una manera muy propia el anuncio del futuro Mesías; de una forma muy diversa, pero complementaria, de la de San Lucas, en ese pasaje tan conocido de la Anunciación. La de San Lucas es una narración a través de los ojos de María, y la de San Mateo es una narración a través de la dura experiencia de San José.

Ambos pasajes afirman en esencia lo mismo: afirman el “misterio” especial del Niño concebido por María; afirman la virginidad de María, y afirman la acción especial del Espíritu Santo en la concepción de Jesús. En la narración de San Lucas todo es paz y armonía. En San Mateo todo esto está  lleno de dramatismo, de sufrimiento y de zozobra.

Las dudas de San José cuando supo que María estaba embarazada, eran naturales y debieron ser un tormento; un tormento para José, en primer lugar: ¡cómo le pasaba esto a él! ¡No podía ser y menos que esto sucediese con María! Y un tormento para María que probablemente percibió los pensamientos que se forjaban en la mente y en la imaginación de San José: que esa muchacha tan buena, tan extraordinariamente buena esté embarazada, no parece creíble. José la había desposado y no sabía qué estaba pasando. Sufrimiento, oscuridad, desorientación.

Mucha entrega a Dios, a su Providencia hay en la aceptación de esa terrible oscuridad, por parte de José y por parte de María; y de esta forma tan valiente y tan desconcertante entraban a formar parte del plan de salvación.

Esta tormenta necesitamos meditarla para prepararnos adecuadamente para el nacimiento de Jesús. El es el Rey de la Paz, pero muchas veces su vida será una tormenta, y el seguirlo a El a veces traerá muchas veces dificultades y sufrimiento.

En esta tormenta se manifiesta la calidad de persona que era José. Se manifiesta como un hombre justo, o sea como un hombre increíblemente bueno. De San José sabemos poco. Casi todo lo que sabemos está contenido en este pasaje. De San José podemos decir que es un hombre completamente corriente, pero de una calidad insuperable. Era un operario, un artesano, probablemente carpintero. Pero era el “Justo”, aquel para quien esta palabra parece estar hecha a medida. No quiere juzgar a María (nosotros que juzgamos por mucho menos), pero tiene que separarse de ella (le parece inevitable en estas circunstancias). Y por otra parte, cuando tiene la revelación del arcángel Gabriel, manifiesta una fe sin titubeos (una fe difícil, pero sabiendo que es Dios quien lo dice, cree en forma total). Acepta con paz no tener sus propios hijos; renuncia también extremadamente dura. Y dedica toda su vida a mantener a Jesucristo con su propio trabajo, y con su protección del “hombre de la casa”.

Es un hombre completamente normal y corriente. El no hizo ningún milagro, y llevó una vida sin relieve; trabajó en un taller de carpintería toda su vida. No sabemos que pronunciara ninguna palabra sabia (aunque su enorme discreción es ya una gran palabra). En el Evangelio no se consigna ni una sola palabra de él; qué ejemplo para nosotros a quienes nos sobran tantas palabras. No se dice de él ni cuando nació, ni cuándo murió. Y de él además se habla sólo en forma indirecta. El debe servir de testigo de la virginidad de María, debe ser testigo del nacimiento virginal, y debe ser testigo del misterio “especial de Jesús”. Pero lo que José es, o lo que haga, o lo que diga, eso ha quedado oculto. Y sin embargo lo poco que de él sabemos hace de San José el patrono de la Iglesia Universal: ¡a lo que ha llegado un hombre tan corriente...!

Estamos en esta cuarta semana del Adviento. Y llegamos a la alegría del Nacimiento de la mano de los personajes centrales del Adviento: María y José. Los dos, desde ópticas diferentes (y narrado en Evangelios diferentes) nos dan el mismo testimonio: Jesús es una donación única que Dios mismo hace al mundo: no nacido simplemente por voluntad de una pareja, sino que nos “ha sido dado”. Ambos nos dan testimonio de que éste es el Hijo de Dios, sin quitar que sea el Hijo del hombre; ambos nos testifican que El es nuestro Salvador.


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Agradecemos al P. Adolfo Franco, S.J. por su colaboración.

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