El Óbolo de San Pedro, Colecta para la caridad del Papa



¿Qué es el Óbolo de San Pedro?

· Es la contribución a las obras de caridad que realiza el Papa en todo el mundo y para el mantenimiento de la Santa Sede.
· Es la expresión más típica de la participación de todos los fieles en las iniciativas del Obispo de Roma en beneficio de la Iglesia Universal.
· Se realiza de manera anual.
· La Jornada de la Caridad del Papa: Es un gesto que no sólo tiene valor práctico, sino también una gran fuerza simbólica, como signo de comunicación con el Papa y de solicitud por las necesidades de los hermanos; y por eso nuestro servicio posee un valor muy eclesial.

A este propósito Roma desempeña un papel peculiar, dado que, por la presencia del sucesor de San Pedro, es el centro y en cierto modo, el corazón de todo el Pueblo de Dios.


¿A dónde se destina el dinero recaudado?

Los donativos de los fieles al Santo Padre se emplean en:
· Obras misioneras.
· Promoción social.
· Sostener las actividades de la Santa Sede.
· A favor de los pobres.
· Niños.
· Ancianos.
· Marginados
· Víctimas de guerra.
· Desastres naturales.
· Promoción y sostenimiento de comunicación social.
· Actividades ecuménicas e interreligiosas.
· Educación católica.
· Ayuda a los prófugos.
· Migrantes.
· Las necesidades materiales de Diócesis pobres e Institutos religiosos.


Origen del Óbolo

La Colecta del Óbolo de San Pedro se originó en Inglaterra en el siglo VIII.
Al principio, en Inglaterra, el Óbolo se estableció como un impuesto de un centavo sobre los propietarios de tierras de cierto valor.

Era conocido en el mundo anglosajón con el nombre de “Romscot”. Según una tradición, el Óbolo de San Pedro lo recogió por primera vez el rey Offa de Mercia, quien confirmó el regalo a los legados papales en el Sínodo de Chelsea (787)

Al parecer los anglosajones, tras su conversión, se sintieron tan unidos al Obispo de Roma que decidieron enviar de manera estable una contribución anual al Santo Padre.

Así nació el “Denarius Sancti Petri” (limosna a San Pedro) que pronto se difundió por los países europeos.

Otra tradición, sin embargo, retrasa casi un siglo la aparición de la limosna y cuenta que el “Óbolo” se originó con el Rey Alfredo el Grande de Wessex, que impuso el impuesto en todo el imperio inglés en el 889.

No obstante, el Óbolo fue decayendo hasta ser abolido por el Rey Enrique VIII en el año 1534. La colecta comenzó de nuevo en el siglo XIX para ayudar al Papa Pío IX que se encontraba exiliado en Gaeta desde el 1848. Fue este Papa el que, en 1871, reguló de manera orgánica el “Óbolo” con la encíclica “saepe Venerabilis”, dotándolo de una estructura muy similar a la actual.


El Óbolo ofrece colaborar con la caridad del Papa

El 29 de junio, día de la solemnidad de los santos Pedro y Pablo (o en otro día cercano indicado por el Obispo) se celebra la Jornada de la Caridad del Papa. Cada católico es invitado a colaborar con las obras de ayuda del Santo Padre a favor de los más pobres.

Con este motivo, las diócesis destina la colecta de la misa del día indicando para las obras de caridad del Santo Padre. Esto es lo que se llama el Óbolo de San Pedro.


¿Es obligatorio colaborar?

Contribución a la Iglesia:
Jesús enseña con sus palabras y acciones el deber de contribuir a la Iglesia. Cuando entraron a Cafarnaum, se acercaron a Pedro los que cobraban el dracma y le dijeron “¿No paga vuestro Maestro el dracma?” dice él “Si” y cuando llegó a casa, se anticipó Jesús a decirle:

“¿Qué te parece Simón? Los reyes de la tierra ¿de quién cobran tasas o tributo, de sus hijos o de los extraños?” al contestar él “De los extraños”, Jesús le dijo “Por tanto, libres están los hijos. Sin embargo, para que no les sirvamos de escándalo, vete al mar, echa el anzuelo y el primer pez que salga cógelo, ábrele la boca y encontrarás un dracma. Tómalo y dáselo por mí y por ti. (Mateo 17, 24-27)

Jesús enseña a cumplir con el requisito del tributo, sea para el Templo o sea el impuesto del gobierno. Al mismo tiempo enseña un ideal para sus discípulos. Los miembros de la Iglesia son hijos y no súbditos. A los hijos no se les requiere una cuota por que son de la casa. Pero eso no significa que los hijos no, al contrario. En la casa todos dan de corazón según la necesidad y las posibilidades de cada uno. Es la medida de Jesús: el amor. Él mismo se dio hasta morir en la cruz (mateo 17, 24-27)

Los buenos católicos dan a la Iglesia de corazón porque son miembros de la familia de fe. Contribuyen según sus posibilidades y la grandeza de su amor. Por eso en la Iglesia Católica no se exige un pago específico.

Todo el mundo participa por igual en la Santa Misa. Dios juzgará la caridad de cada cual. Desde el principio, la Iglesia ha enseñado a ser ciudadanos responsables y respetuosos de la ley, aunque rechazando las costumbres que son incopatibles con la fe y la moral (Cf Romanos 13,5)


La Caridad de la Iglesia

En la constitución dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II leemos: “El pueblo santo de Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad” (LG7). Es un tema de suma importancia, pues, como dice san Pablo, de estas tres virtudes: la fe, la esperanza y la caridad “la mayor es la caridad” Jesús puso de relieve el carácter central del mandamiento de la caridad cuando lo llamó su mandamiento: “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado” (Juan 15,12). Y, más en particular, es el amor de Cristo en su manifestación suprema, la del sacrificio: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por los amigos” (Juan 15,13)

Así, la Iglesia tiene la misión de testimoniar el amor de Cristo hacia los hombres, amor dispuesto al sacrificio. La caridad no es simplemente manifestación de solidaridad humana: es participación en el mismo amor divino. La caridad encendida por Cristo en el mundo es amor sin límites, universal. La Iglesia testimonia este amor que supera toda división entre personas, categorías sociales, pueblos y naciones. Reacciona contra los particularismos nacionales que desearían limitar la caridad a las fronteras de un pueblo. Con su amor, abierto a todos, la Iglesia muestra que el hombre está llamado por Cristo no sólo a evitar toda hostilidad en el seno de su propio pueblo, sino también a estimar y a amra a los miembros de las demás naciones, e incluso a los pueblos mismos.

La caridad de Cristo supera también la diversidad de las clases sociales. No acepta el odio ni la lucha de clases. La Iglesia quiere la unión de todos en Cristo; trata de vivir y exhorta y enseña a vivir el amor evangélico, incluso hacia aquellos que algunos quisieran considerar enemigos. Poniendo en práctica el mandamiento del amor por Cristo, la Iglesia exige justicia social y, por consiguiente, justa participación de los bienes materiales en la sociedad y ayuda a los más pobres, a todos los desdichados. Pero al mismo tiempo predica y favorece la paz y la reconciliación en la sociedad.

La caridad de la Iglesia implica esencialmente una actitud de perdón, a imitación de la benevolencia de Cristo que, aún condenando el pecado, se comportó como “amigo de pecadores” (Cf. Mateo 11,19; Lucas 19,5-10) y no quiso condenarlos (Cf. Jn 8,11). De este modo, la Iglesia se esfuerza por reproducir en sí, y en el espíritu de sus hijos, la disposición generosa de Jesús, que perdonó y pidió al Padre que perdonara a los que lo habían llevado al suplicio (Cf. Lucas 23,34)

Los cristianos saben que no pueden recurrir nunca a la venganza y que, según la respuesta de Jesús a Pedro, deben perdonar todas las ofensas, sin cansanse jamás (Cf. Mateo 18,22). Cada vez que recitan el Padre nuestro reafirman su deseo de perdonar. El testimonio del perdón, dado y recomendado por la Iglesia, está ligado a la revelación de la misericordia divina: precisamente para asemejarse al Padre celeste, según la exhortación de Jesús (Cf. Lucas 6,36-38; Mateo 6,14-15; 18,33.35), los cristianos se inclinan a la indulgencia, a la comprensión y a la paz. Con esto no descuidan la justicia, que nunca se debe separar de la misericordia.

La caridad se manifiesta también en el respeto y en la estima hacia toda persona human, que la Iglesia quiere y recomienda practicar. La caridad requiere, asimismo, una disponibilidad para servir al prójimo. En la Iglesia de todos los tiempos siempre han sido muchos los que se dedican a este servicio.

Podemos decir que ninguna sociedad religiosa ha suscitado tantas obras de caridad como la Iglesia: servicio a los enfermos, a los minusválidos, a los jóvenes en las escuelas, a las poblaciones azotadas por desastres naturales y otras calamidades, ayuda a toda clase de pobres y necesitados. También hoy se repite este fenómeno, que a veces parece prodigioso: a cada nueva necesidad que va apareciendo en el mundo responden nuevas iniciativas de socorro y de asistencia por parte de los cristianos que viven según el espíritu del Evangelio.

Aunque la historia de la humanidad y de la Iglesia misma abunda en pecados contra la caridad, que entristecen y causan dolor, al mismo tiempo se debe reconocer con gozo y gratitud que en todos los siglos cristianos se han dado maravillosos testimonios que confirman el amor.

La historia de la Iglesia, desde los primeros tiempos cristianos hasta hoy, está llena de este tipo de obras. Y, a pesar de ellos, la dimensión de los sufrimientos y de las necesidades humanas rebasa siempre las posibilidades de ayuda. Ahora bien, el amor es y sigue invencible (omnia vincit amor), incluso cuando da la impresión de no tener otras armas; fuera de la confianza indestructible en la verdad y en la gracia de Cristo.

La Iglesia, en su enseñanza y en sus esfuerzos por alcanzar la santidad, siempre ha mantenido vivo el ideal evangélico de la caridad; ha suscitado innumerables ejemplos de caridad; está en el origen, más o menos reconocido, de muchas instituciones de solidaridad y colaboración social que constutuyen un tejido indispensable de la civilización moderna; y, finalmente, ha progresado y sigue siempre progresando en la conisencia de las exigencias de la caridad y en el cumplimiento de las tareas que esas exigencias le imponen: todo esto bajo el influjo del Espíritu Santo, que es Amor eterno e infinito.

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Extractos del Folleto “¿Qué es el Óbolo de San Pedro?” Conferencia Episcopal Peruana, Oficina Delegación Nacional del Óbolo de San Pedro.


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